
Retomamos el curso político de modo más o menos oficial. Ya que he permanecido inactivo durante buena parte de las vacaciones estivales, me ha parecido oportuno volver a la arena escribiendo sobre la resaca de las elecciones europeas del pasado junio. Si bien es comprensible que durante el verano los diarios generalistas y los principales medios audiovisuales ralenticen su actividad buscando, en ocasiones, un relleno informativo que puede convertir su contenido en poco acreedor de este adjetivo, este mes de septiembre parece propicio para retomar grandes asuntos, huyendo de la polémica sensacionalista en torno a la trama Gürtel y las acusaciones del PP al Gobierno de espionaje; lo cual, por otra parte, no quiere decir, ni mucho menos, que un presunto escándalo de corrupción de mayores dimensiones que el de Filesa o unas acusaciones por parte del principal partido de la oposición que en su día costaron el cargo a un presidente de los Estados Unidos no merezcan la debida atención.
Es hora de que los partidos situados a la izquierda del espectro político, de carácter democrático y con representación parlamentaria, comiencen a reflexionar sobre el presente y planifiquen su propio futuro, con el fin de inventar o encauzar un porvenir para sus respectivos países, Europa y el resto del mundo. Porvenir que, mucho me temo, se presenta cuajado de inquietudes, amenazas y piedras en el camino. La izquierda europea en general y la socialdemocracia en particular parece haber percibido y definido, mal que bien, cuáles son esos peligros y escollos; sólo le falta -nada menos- averiguar en qué camino se encuentran, para no perderse campo a través. Situarse en el camino permitiría delimitar los problemas y establecer la secuencia y el modo en el que se han de resolver. Hasta entonces, las diversas tendencias que conforman el espectro político de la izquierda sólo podrán oponer palabras sin contenido específico a las propuestas y medidas de la derecha: si se habla de “eficiencia y ahorro”, la izquierda no puede limitarse a decir: “servicios públicos y solidaridad”; si las fuerzas más o menos conservadoras proponen “recorte del gasto”, las progresistas no pueden quedarse en “inversión y empleo público”, si alguien afirma que “el ser humano está para aprovecharse de los recursos naturales porque es el centro” no podemos quedarnos en “lucha contra el cambio climático”.
Es necesario dotar de un contenido pleno y concreto a estos conceptos. En primer lugar, porque son más difíciles de explicar y requieren de una elaboración intelectual y científica más compleja y, en segundo lugar, por causas derivadas del clima socio-político imperante en los países occidentales: la situación creada tras la caída del Muro de Berlín ha situado a la doctrina neoliberal en cabeza, ya desde la línea de salida hasta que se ha convertido en hegemónica. La falta de sistemas alternativos, que aseguren mayor calidad de vida y un espacio de participación ciudadana más amplio, parecen dar la razón a las tesis de Fukuyama. El neoliberalismo es, hoy por hoy, una idea-fuerza, que impregna el discurso de todas las formaciones políticas aspirantes a obtener una amplia representación parlamentaria, incluidas aquellas situadas o denominadas -generalmente a título personal- de izquierda. Paradójicamente, la superación de este modelo económico, cultural y político pasa por la actuación dentro de los parámetros del mismo. Por ello, quienes de verdad abracen el compromiso del progreso y de la transformación social con vistas a vivir en un mundo más justo, no pueden limitarse a replicar a las fuerzas conservadoras y reaccionarias anteponiendo una palabra o consigna, es necesario dar, constantemente, un paso más allá: a cada palabra, una frase; a cada consigna, una propuesta articulada, escueta pero concisa y, como no puede ser de otra manera, mantener una presencia lo más constante y amplia posible en los medios de comunicación de masas y en aquellos surgidos al amparo de las nuevas tecnologías.
Ante este panorama, es necesario un cambio de rumbo inmediato y decidido en la izquierda española pero muy especialmente en la socialdemocracia. Percibo un acomodo peligroso e “institucional” del PSOE gobernante. Da la impresión de que en este punto de la legislatura impera “cumplir” con los compromisos y promesas realizados a propios y extraños para poder gobernar con desahogo y estabilidad y que ahora, parece, estos últimos pretenden cobrar todo junto y de una sola vez. Algo así puede resultar fatal cuando se aprecia en el partido gobernante un viraje a la derecha en materia económica y que, si no fuera por una política social progresista cuyos ejes son la salvaguarda y defensa de los Derechos Humanos y la ampliación de los derechos civiles, podría invitar a hablar sin empacho de un proyecto económico socio-liberal y ya sabemos que, como diría un buen amigo mío, entre el original y una mala copia, la opinión pública y el electorado tiene a quedarse con el primero.
Ya es hora de abandonar las promesas cortoplacistas para poner en práctica reformas profundas en el modelo económico español. Tenemos tres escasos años por delante -si todo no se tuerce definitivamente- para que las energías renovables y la investigación científica y tecnológica se conviertan en el motor de crecimiento, para realizar los cambios oportunos en el mercado laboral que premien la excelencia de los profesionales en estos sectores y para establecer un marco de regulación efectivo en la política financiera y hacendística, que se constituya en árbitro de los intereses generales, velando por todos aun a costa del enfado de unos pocos.
No obstante, con un modelo de Estado adelgazado y debilitado por ocho años de gobierno de Aznar y un Partido Socialista que, parece, no ha sabido o no ha podido salir de esa tendencia privatizadora para devolver al Estado su papel y tamaño anterior a ese desaguisado, se impone ahora la siguiente pregunta: ¿qué hacer para invertir la tendencia privatizadora y, en definitiva, para frenar el modelo neoliberal? Podemos criticar por todos los frentes el modelo político y económico neoconservador pero si no se propone una situación alternativa creíble que “suene” constantemente en los medios, el socialismo español estará perdido. Para invertir esta tendencia, el PSOE debería construir el edificio empezando por la región donde el imperio del modelo es más evidente: la Comunidad de Madrid. Si el PSM no es capaz de hilvanar propuestas concretas, pragmáticas y coherentes para explicar a la ciudadanía cómo recuperar para la cosa pública lo que ha sido privatizado o, al menos, a corto y medio plazo, para invertir definitivamente esta tendencia, las y los socialistas y la izquierda en general estarán perdidos y la Comunidad de Madrid, junto con su población, quedarán -más todavía- alejados de sus propuestas y recetas, hasta que el Gobierno de España, más temprano que tarde, entone un requiem por la política socialdemócrata y progresista.
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