Si algo he constatado en el relativamente corto período de militancia que llevo a mis espaldas es que ser socialista, o socialdemócrata si se prefiere, no es en absoluto fácil. Históricamente la socialdemocracia se ha hundido en fases críticas, alzándose numerosas voces que jaleaban y reían su fracaso. Sin embargo, cual ave fénix, ha resucitado una y otra vez de sus cenizas, con fuerzas renovadas y aumentadas. En lo que a mi opinión respecta, este hecho, lejos de antojarse como una debilidad congénita a esta ideología y los partidos que dicen representarla, es más bien su fortaleza o quizá sea más acertado decir su grandeza. Y es precisamente esa grandeza la que tantas veces la ha hecho sucumbir, asediada por todas partes.
Partidos centenarios como el PSOE en España o el SPD en Alemania cuentan en su haber con llamativos ejemplos de lo mencionado en el párrafo anterior: la socialdemocracia fue la primera fuerza política en hundirse ante el empuje político y electoral del Partido Nazi y el PSOE fue una de las primeras en sucumbir ante el empuje de las tropas rebeldes franquistas y, más adelante, también en el exilio. La peculiaridad socialdemócrata es que siempre se halla expuesta a ataques desde los dos flancos del espectro político. Actualmente, el PP, allá donde gobierna pero también a la hora de practicar su política de oposición a nivel nacional, sólo puede ser criticado desde la izquierda. Otros partidos, como Izquierda Unida o partidos nacionalistas de izquierda como ERC sólo son criticados con virulencia desde los sectores más conservadores, siendo su actitud o, incluso, salidas de tono, obviadas en la práctica por la izquierda parlamentaria no nacionalista o el centro-izquierda. Un partido como el PSOE, está expuesto no ya a criticas sino al acoso y derribo de la derecha, rival histórica, y de la izquierda, que hoy por hoy sólo puede abrirse paso en el sistema de partidos y electoral vigente presentando a la socialdemocracia como entreguista, cuando no seguidista o, directamente, como un producto más de la formación conservadora hegemónica de turno. Con este panorama, podemos asumir que el socialismo tiende a la solidez del argumento, a la búsqueda del consenso político pues al aplicar sus fórmulas dentro del marco legal vigente se ha visto obligada históricamente a pactar con fuerzas políticas rivales e incluso antagónicas.
La capacidad negociadora, de emitir respuestas razonables, calibradas y moderadas es lo que sin duda irrita a la derecha, que, lejos de toparse con un atajo de desharrapados iletrados, levantiscos y de estética revolucionaria, se encuentran con una fuerza transformadora y por lo tanto de izquierda, culta -ya sea autodidacta o por una formación académica recibida con el sudor de su frente o el de su familia- que se sabe cómoda en el poder y en las instituciones, sin complejos, pero con sus ideas muy claras y llevadas hasta el final, independientemente de que eso suponga esperar tiempos mejores. Esto parece irritar sobremanera, también, a los partidos situados a su izquierda, que observan como la socialdemocracia logra algunos de sus objetivos de modo lento, a veces con cuentagotas, pero con resultados evidentes a medio y largo plazo. Como dichos resultados a medio y largo plazo pueden verse a menudo mancillados por políticas conservadores posteriores, por una falta de conciencia cívica por parte de un sector de la ciudadanía o bien por una falta de calidad pedagógica de los propios dirigentes socialistas, estos partidos situados en la izquierda parlamentaria perciben actitudes entreguistas o seguidistas en la socialdemocracia, sobre todo cuando ésta última adopta ciertas decisiones incómodas por una cuestión de pura estrategia política, por una necesidad ad hoc.
Si ser socialista, como puede comprobarse, no es fácil, ocupar cargos en un partido socialdemócrata puede ser una auténtica bicoca. Y es que luce de maravilla hacer gala de progresismo e izquierdismo, de hacernos acreedores de elevados y nobles ideales o plantemientos políticos para ocupar un cargo con un elevado sueldo, dietas, coche oficial etcétera para luego aplicar concienzudamente esa máxima de “si te he visto, no me acuerdo”. Piensen. Es, desde luego, un lujo arrinconar y entregar esos principios con el tan manido “ahora es necesario virar hacia el centro”, “cuando se gobierna, se gobierna para todos y eso exige mesura y moderación” y no digamos ya el tan recurrente “ahora no es el mejor momento”. Desengañémonos. El centro político es una quimera. El vocablo puede reflejar una actitud -más que un estado- puntual pero en ningún caso es una ideología o una posición política a medio y largo plazo. Decir que una o uno es de centro o que gira hacia el centro en la política española es, hoy por hoy, un ardid en el caso de la derecha y una rotunda estupidez en el caso de la izquierda, pues en el primer caso expuesto el PP puede lograr la mayoría ampliando sus apoyos al electorado más deseoso de castigar al Gobierno o al menos informado e indiferente políticamente, mientras que una afirmación semejante en un partido como el PSOE es, sencillamente, colocarse una gruesa soga al cuello.
Sencillamente no sé qué pretende la ministra Elena Salgado o el Presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero en los Presupuestos Generales del Estado recién esbozados: la subida de impuestos queda, en total, fijada en 6.500 millones de euros, los cuales serán recaudados sin tocar un céntimo de las empresas Sicav y con una subida irrisoria de las rentas del capital. El IVA subirá dos puntos porcentuales en el tipo general y uno en el reducido lo que supone, en la práctica, gravar los productos que compra la clase media, lo cual es profundamente insolidario pero, viniendo de un partido progresista, es, por añadidura, un gesto cobarde. Si quien podría inicialmente votar socialista por su situación social y económica se encuentra con semejante panorama: ¿no es más probable que decida votar a un partido que aplica esas mismas medidas pero que al menos lo hace con descaro y aplomo, que al menos parece seguro de lo que hace? Soy socialista y, como tal, me veo incapaz de respaldar semejante desatino económico.
Lo peor es que, la ciudadanía que se encuentra con un ”cuadro” realmente extravagante: a la izquierda una coalición liderada por un dirigente de declaraciones estridentes y maximalistas, que en materia económica no sale de las propuestas de la socialdemocracia y que en política exterior habla de la dictadura castrista como un régimen “diferente de libertades”. Si miramos a la derecha, es para llorar: un partido que al margen de políticas encubiertas de privatización y adelgazamiento del Estado, de destrucción del Estado del Bienestar, ya en su esencia indeseables, se halla corroído por un presunto escándalo de corrupción que puede alcanzar sanciones superiores a las de Filesa y no es capaz de articular una propuesta económica coherente, explícita y detallada. La tarea de gobernar un país sumido en crisis económica se debería ver compensada, en este caso, por una oposición que no se erige como alternativa real pero el Gobierno padece un agobio tan sólo equiparable al acoso de la oposición que precede a la caída. Lo positivo de todo esto es que quedan casi tres años para las próximas generales y, por tanto, tiempo para enmendar lo enmendable.
Publicado en Progreso 21











