CARRILLO, Santiago, La crispación en España, Barcelona, Planeta, 2008 (2ª ed.)

Esta semana, celebramos el aniversario de la proclamación de la Segunda República española, este año, marcado, a su vez, por la conmemoración del septuagésimo aniversario de la derrota de este régimen democrático a manos de las armas de los militares sublevados que, con Franco a la cabeza, impusieron un régimen de terror que sumió a España en la miseria, el analfabetismo y la incultura durante casi cuarenta años. Como la historia es de sobra conocida y otras compañeras, compañeros y militantes de partidos de izquierda u otras organizaciones progresistas y asociaciones para recuperar la memoria de los represaliados por el régimen franquista se encargarán de homenajear y comentar trabajos y monografías especializadas sobre el tema, me ha parecido más oportuno hablar de las consecuencias de aquella tragedia de 1939 y de cómo dichas consecuencias se han prolongado y han influído en la política española de los últimos, resucitando fantasmas que se creían extinguidos.
Para cumplir este propósito, nada mejor que comentar y resumir el último libro de Santiago Carrillo La crispación en España, publicado por la editorial Planeta el año pasado. Carrillo, destacado militante del Partido Comunista de España, con una dilatada trayectoria como político y publicista, protagonista directo de la Guerra Civil, el exilio, la lucha contra el régimen franquista y con un papel activo en la elaboración de la Constitución de 1978 y en la llamada Transición española a la democracia, reflexiona sobre el estado actual de la vida política española, remontándose, para dar una explicación a la crispación reinante, a los años de la República, la Guerra Civil, la dictadura franquista y la transición. Sobre dos premisas fundamentales -que la Guerra Civil pudo evitarse y que la crispación deriva directamente de episodios no cerrados de nuestra historia reciente que se remontan a ese conflicto- Carrillo teje un discurso perfectamente ordenado y estructurado, en el cual, de manera sencilla y concisa, con un estilo que le hizo descollar como parlamentario, desgrana datos y relaciona hechos que se presentan ante nosotros como una concatenación de causas, ofreciéndonos un estudio de historia y teoría política contemporánea de gran calado. El retraso en la entrada del capitalismo liberal en España, la consecuente ausencia de una burguesía industrial europeísta y moderna salvo en el caso del País Vasco y Cataluña y un poder elitista sustentado en la unión del Trono, el Altar y la Espada -poder político, Iglesia y Ejército- que impidió la ruptura con el régimen feudal, condicionarían las circunstancias a las que tuvo que hacer frente la República española, cuyo poder político, de haber reaccionado a tiempo y con la ley en la mano contra las conspiraciones que asaltaron al régimen democrático desde el primer día, podrían haber evitado, según el histórico dirigente del PCE, que se hubiera gestado la conspiración que dio paso al golpe de Estado de 1936.

No obstante, Carrillo parece admitir cierta culpabilidad de los dirigentes de los partidos leales a la República, lo que les hubiera llevado, según él, a indultar en 1932 a Sanjurjo y a no percibir que España era ambicionada por el eje Tokio-Roma-Berlín como campo de batalla experimental con vistas a la Segunda Guerra Mundial y como un lugar estratégico en el cual, una vez hubiera sido implantada una dictadura de corte fascista, se pudiera aislar a Francia, que poseía el único ejército que podía hacer sombra a Hitler en Europa occidental por aquel entonces. Desde este planteamiento, Carrillo desmiente tópicos fuertemente enraizados en algunas mentes, alimentados por cuarenta años de dictadura: la CEDA, la derecha, con Gil-Robles al frente, nunca pretendió desarrollar un programa político propio dentro del marco de las instituciones republicanas, sino acabar con las instituciones y los logros consagrados en la Constitución española de 1931. En este sentido, Franco no tenía proyecto alguno para engrandecer a España sino más bien favorecer la utilización de nuestro país como peón para los deseos de Hitler, Mussolini e Hiro-Hito y, más tarde, de Estados Unidos. Sólo desde esta perspectiva se puede entender una actitud camaleónica como la de Franco que, de apoyar a los regímenes totalitarios derechistas surgidos en la etapa de entreguerras, pasó a apoyar a una potencia liberal como Estados Unidos, consiguiendo, de manera inaudita, la bendición de su régimen por parte de la que, después de la Segunda Guerra Mundial, se convertiría en la primera potencia del mundo.

Y así llegamos a la muerte de Franco y a la transición hacia la democracia. Las fuerzas de izquierda y leales a la República han de plegarse a las condiciones del juego establecidas por los llamados “reformistas”, es decir, franquistas de pura cepa que, a la muerte del dictador, vieron cómo su dominio y el aislamiento de España que favorecía éste no podía continuar por más tiempo, pues incluso las élites empresariales y bancarias deseaban participar de la progresiva globalización de los mercados para multiplicar sus beneficios. Por todo esto, se ven obligados a iniciar una transición progresiva a un régimen aperturista al principio y abiertamente democrático inmediatamente después donde se reconocía el valor del sufragio universal en medio de una monarquía parlamentaria y un modelo territorial y administrativo que tendía al federalismo, aunque dicha denominación fuera esquivada por todos los medios. Todo ello nos condicionó históricamente: a diferencia de otros países europeos, el fascismo no había sido derrotado en los campos de batalla, sus dirigentes y jerarcas nunca fueron ejecutados o encarcelados y como dice Santiago Carrillo en una metáfora de gran plasticidad, no se barrió a la extrema derecha ni al fascismo porque eran sus representantes quienes tenían la escoba o, por decirlo coloquialmente, la sartén por el mango.
Todo esto derivó en una serie de peculiaridades inusuales en otros países de nuestro entorno: un estado aconfesional que sigue recaudando dinero directamente para la Iglesia católica con aquello que deciden destinar los contribuyentes más fieles, una jerarquía eclesiástica que toma las calles de nuestras ciudades y del centro de la capital cuando les place para llamar a la insurrección contra un gobierno democráticamente elegido por los españoles cuando no toma medidas acordes con sus creencias, o la ausencia de una derecha con principios acordes a otras formaciones y partidos de su entorno. Una derecha representada por el Partido Popular que, en la segunda legislatura en la que asumió el poder con mayoría absoluta, se apoyó en dirigentes que militaban en hermandades y órdenes religiosas ”de choque” como los Legionarios de Cristo o el Opus Dei, que se enfrentó abiertamente a los sindicatos en medio de la precariedad de las condiciones laborales y que propició una huelga general; una derecha que trató de hundir y deslegitimar a la mayor empresa de comunicación española porque ésta no se plegó a alabar lacayunamente la gestión del entonces presidente José María Aznar y que introdujo a España en una guerra ilegal como fue la invasión de Irak, exponiéndola, además, a las iras del integrismo islámico, que provocó la peor matanza por atentado terrorista de nuestra historia y, no conformes con esto, continuaron mintiendo ante el temor a lo que pudiera suceder si se llegaba a saber la verdad, viendo peligrar su propio poder y condenada su gestión al frente del Gobierno, los dirigentes populares mintieron descaradamente, atribuyendo la autoría del atentado de manera consciente a otro grupo de asesinos que, esa vez, no tenían nada que ver con aquellos hechos. No contentos con esto, han negado dos veces su derrota en las elecciones: en 2004, los medios afines a la derecha española y a la Conferencia Episcopal, fomentaron la difusión de un bulo sobre las supuestas relaciones entre ETA y el partido político que había llegado al Gobierno por la decisión de la ciudadanía.
Carrillo, observó entonces una derecha española que guardaba pocas diferencias con respecto a aquélla surgida al socaire de la monarquía de Alfonso XIII y en la posterior dictadura franquista, una derecha que se niega a perder sus privilegios; una derecha que considera que el poder les viene dado por mandato divino, como en su momento afirmaron el cardenal Gomá y el arzobispo Salamanca, una derecha que no concibe una izquierda que no se encuentre permanentemente en la oposición. Todo ello, genera como resultado que, cuando la derecha es desbancada del poder atribuya su desgracia a conspiraciones extravagantes, cuestionando la esencia misma del régimen constitucional cuando les conviene y el valor del sufragio universal. No obstante, esta crispación puede ser fruto de una pérdida de control por parte de quienes han sostenido hasta ahora el dominio secular de los resortes del Estado y el avance definitivo de España hacia una modernidad y un progreso que remonten cuarenta años de dictadura y superen las limitaciones del modelo de la transición.