Sí, ya sé que el PSOE gobierna en algunos ayuntamientos de España con esta formación; sí, también sé que una alianza con la misma en la Comunidad de Madrid es la que posibilitaría un gobierno progresista en dicha región. Pero es que comienzo a encontrarme un tanto hastiado de la rivalidad absurda que protagoniza Izquierda Unida con el Partido Socialista. Y digo absurda porque creo que la coalición está derrochando demasiadas fuerzas en minar a un partido con el que está condenado a entenderse, desviando fuerzas para enfrentarse -políticamente, por supuesto- al adversario común: la derecha en su conjunto. No es lógico que un militante de base de Juventudes Socialistas y del PSOE, como el que esto suscribe, se haya visto enzarzado últimamente en discusiones con simpatizantes -no ya militantes- de Izquierda Unida con un tono virulento tan sólo comparable a las que se hayan podido producir con simpatizantes del PP.
Supongo que más de una y de uno lo habrá oído, pero reitero, aun a riesgo de repetirme: la salida de Rosa Aguilar de la alcaldía de Córdoba se veía venir; su integración en un equipo de gobierno socialista, quizá, algo menos. Me atrevo a decir que un suceso de esta índole no debería revestir demasiada sorpresa para militantes de base, tanto de un lado como de otro: muchos de quienes estamos en este pequeño mundo sabemos de alguna/algún conocida/o, amiga/o que, poseyendo unos valores férreamente izquierdistas, opta por ingresar en Juventudes Socialistas y, después, o simultáneamente, en el PSOE, tras haberse acercado al PCE o IU porque ha venido observando que esta formación parece haberse empeñado en construir alternativa tan sólo desde dentro y, por lo que parece, aún están en ello. Personas que aman la política con mayúsculas, la política de calle, no necesariamente la conocida como “profesional”, pero que desean que sus propuestas se materialicen alguna vez con más o menos fidelidad o, por poner un ejemplo más gráfico, que pretenden conseguir en ocho años ”dos” cuando en principio habían pedido “ocho” en lugar de mantener siempre su propuesta de “ocho” y no conseguir absolutamente nada en dos décadas.
Me refiero, insisto, a nivel de militancia de base y no a casos más conocidos como los de Cristina Almeida, Jordi Solé Tura o Diego López Garrido. Considero, humildemente, que si IU atendiera más a la primera situación y menos a la segunda, posiblemente, podría realizar un ejercicio de autocrítica en lugar de atribuir esta sangría de militantes a maliciosas OPAs hostiles de las y los socialistas. Leyendo en el diario Público la entrevista a Diego Valderas, coordinador andaluz de IU, observaba cómo traicionaba el subconsciente a algunos de sus dirigentes: dejando aparte el disparate de que el PSOE desea acabar con IU porque la coalición ha aumentado su porcentaje en intención de voto a 5′8 % de cara a las europeas, realizando ese tipo de oscuras “operaciones” -sin detallar cómo se producen las mismas- Valderas afirma que Aguilar se ha incorporado al proyecto “socioliberal” del equipo de Griñán. Qué lujo. Por lo menos no ha afirmado que formamos parte del proyecto neoliberal del PP y que en el fondo somos la misma formación, como aseveran habitualmente muchas y muchos militantes de base y el propio Cayo Lara. Pero lo que terminó por arrancarme una sonrisa fue la -seguramente involuntaria- inclusión de PSOE e IU en la misma orilla ideológica, cuando hasta ahora la coalición ha tratado de arrogarse el monopolio de la izquierda en exclusiva. Refiriéndose a Córdoba, Valderas señalaba que “es una ciudad gobernada por la izquierda“, en clara referencia a la coalición IU-PSOE, señalando que el incidente con Aguilar no iba a romper los pactos de gobierno de ambos partidos.
Y es que, invirtiendo el método argumentativo de los dirigentes, lo sucedido con Rosa Aguilar puede tener una lectura muy distinta. Desde principios de los noventa, cuando descollaba por sus ataques a Felipe González y su gobierno por el escándalo de los GAL como portavoz de Izquierda Unida en el Congreso, Aguilar hacía gala de un izquierdismo moderado en comparación con lo que habitualmente se estila en la coalición. Partidaria de la negociación y el diálogo constructivo, consideraba más práctico para la realización de un ideario político tener presencia en las instituciones y estar en armonía con ellas en la medida de lo posible que acatar el sistema para luego pretender derribarlo criticándolo y minándolo desde el exterior. De acuerdo con este esquema de pensamiento, consideró más práctico aceptar el Tratado de la Constitución Europea que impulsar el voto por el “no” que defendía su formación. Aparte de la alcaldía de Córdoba, señalaba un dirigente sevillano, no había tenido ningún puesto destacado ni a nivel federal ni a nivel autonómico, precisamente porque el PCE lo habría impedido. El grupo crítico de Izquierda Unida en Andalucía, donde domina el PCE, trató de presentarla en más de una ocasión para liderar la coalición, pero fue vetada en todas ellas. A todo ello súmenle el hecho de ser una alcaldesa comunista en Córdoba, una ciudad con tendencia a votar conservador en los últimos años, a contemporizar la negociación con las hermandades católicas cordobesas con las críticas de los ortodoxos de su partido, quienes la han acusado de ser excesivamente laxa y de encabezar procesiones de Semana Santa. Conclusión: una situación difícilmente soportable en la propia casa.





