
La vida de Eulalio Ferrer fue azarosa, activa, rica pero también contradictoria. Nació en Santander, en 1921. Con apenas diecinueve años, ostentaba el grado de capitán del Ejército republicano. Militante, a su vez, de las Juventudes Socialistas y del PSOE, hubo de exiliarse tras la Guerra Civil. Recaló en Banyuls, donde se encontró con Antonio Machado y su madre, que se dirigían a Colliure. Pasó un tiempo en el campo de refugiados de Argèles-sur-le-Mer, fue aquí donde su vocación por la literatura y los libros terminó de consolidarse. Destacado militante en Cantabria, su padre trabajaba como tipógrafo y corrector para un periódico local. Pero fue en el infierno del exilio francés donde cambió un paquete de cigarrillos por un ejemplar de El Quijote que, al parecer, leyó con verdadera fruición.
De Francia, se trasladó en un buque con un ingente grupo de exiliados a México. Fue en este pais donde obtuvo un empleo como redactor del diario Mercurio, en 1940, del cual habría de convertirse en director. Seis años después fundaría la agencia Asuntos Modernos, que cambió de nombre en 1960 al pasar a llamarse Publicidad Ferrer. Por entonces, era la empresa de publicidad líder en México y no tardó en abrir varias oficinas en Nueva York. Como señalara el propio autor, México constituyó una vía hacia su propia liberación, donde pudo experimentar aquellos hitos y fases habituales en la vida de cualquier joven de su edad, juventud que había quedado truncada en España por la Guerra. No obstante, también vivió en este país latinoamericano uno de los momentos más desgarradores de su vida: fue expulsado del PSOE a instancias de su propio padre bajo la acusación, según se comentaba, de haberse convertido en un burgués más cuando, con sus primeras ganancias, se hizo con su primer coche.
Pese a ese ascenso, siempre se consideró, según decía, ligado a los paisajes cántabros. En 1969, tras conseguir que un admirador de su obra, pese a su vinculación inexplicable con el régimen franquista, consiguiera garantizarle que podía poner un pie en España sin ser represaliado, acudió a la fosa común donde, sabía, yacían combatientes republicanos y compañeras y compañeros de partido y comenzó a esparcir claveles ante los escandalizados guardas del cementerio y el estupor -se supone- de los numerosos policías políticos que lo acechaban y vigilaban escondidos entre los árboles. Según manifestaba él mismo, su afán de compartir lo llevó a financiar proyectos culturales en sus siguientes trasiegos de infatigable viajero, entre París, Nueva York y México. Destaca el tiempo y el dinero invertido en la confección del Museo Iconográfico Cervantino, cuya obra supera las 850 piezas, entre pinturas, esculturas y grabados. Finalmente, murió en México el 25 de marzo, a los ochenta y ocho años.
Entre sus obras más destacadas se encuentra Entre alambradas, El lenguaje de la publicidad, De la lucha de clases a la lucha de frases e Información y comunicación, entre otros. Recibió, así mismo, la Medalla de Oro de Cantabria, fue miembro de honor del Instituto Cervantes y de la Fundación Bruno Alonso, además de presidir el Premio de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y haber sido nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Cantabria.
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