
Esta afamada frase de la novela de Alejandro Dumas El Conde de Montecristo es la que, en mi opinión, deberíamos aplicarnos la militancia socialista y toda aquella o aquel que comparta nuestro proyecto a la hora de valorar la dimisión del que hasta ahora había sido Ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo. Presentó su dimisión ayer, según manifestó, para no ser un lastre para el Gobierno socialista y su proyecto. Tanto la dimisión como sus motivaciones son gestos que honran a su persona, maquillan sus deslices y evidencian que, pese a las manzanas negras que haya podido haber hasta ahora, el PSOE es un partido donde, en general, se hace política de manera sensata y se lucha en la medida de lo posible para que las acciones estén equiparadas a los principios, mostrando de esta manera a la ciudadanía que no todos los políticos son iguales.

De Mariano Fernández Bermejo se ha criticado su estilo ácido y en ocasiones provocativo, su escasa predisposición al diálogo, al parecer manifestada ya desde su andadura en la Carrera Fiscal, que ha dado como resultado un historial de proyectos fallidos, abortados e inconclusos a lo largo de su labor ministerial. Entre algunos de ellos cabe mencionar la creación de una nueva oficina judicial, el intento de apartar a las y los jueces de la agenda de señalamiento o la intención de dejar a éstos en un segundo plano en la instrucción de los casos en favor de la fiscalía, principalmente. Por si todo esto fuera poco, la huelga de funcionarios de Justicia en plena campaña electoral de 2008 -con un seguimiento de hasta 9.000 trabajadores-, sus críticas al Poder Judicial -que hubo de matizar la Vicepresidenta Primera del Gobierno-, la calificación de la sanción al juez Rafael Tirado como de “provocación” o la más reciente huelga de jueces, son incidentes que han jalonado su paso por el Ministerio de Justicia y que fueron rematadas por las acusaciones del PP de intromisión en la labor de la Justicia cuando el diario El Mundo destapó su participación en unas jornadas de cacería en Torres (Jaén), a las que también acudió el magistrado Baltasar Garzón, instructor de la causa contra diversos empresarios y altos cargos populares por supuestas irregularidades en contratos, cohecho y otros presuntos delitos de naturaleza fiscal y económica.
No obstante, a mí me ha parecido que, más que falta de humildad, exceso de orgullo o incompetencia, el ahora ex-ministro Bermejo ha sido esclavo de las circunstancias políticas imperantes. Estamos ante una etapa de la vida política española en la que la mejor baza del principal partido de la izquierda es: demostrar altura de miras y dignidad impecable acorde con los valores democráticos -aun siendo víctima de las acometidas más feroces, gratuitas y difamatorias a las que es sometido por la derecha más intransigente que se recuerda en treinta años de democracia-, pactar en los asuntos más fundamentales que atañen al modelo de Estado buscando el consenso con una fuerza política que no ha hecho otra cosa que colocar palos en las ruedas desde su salida del Gobierno de la Nación en 2004, o, en la misma tónica quedar atado de pies y manos por la mayoría conservadora que dirige los destinos de la Carrera Judicial con marcado corte corporativo -insoportable resquicio y vicio de la etapa del aznarismo-.
Frente a todo esto, hubo un fiscal que fue relegado a un segundo plano en los gobiernos del PP por no comulgar con la voluntad de la maquinaria política de José María Aznar y Federico Trillo, un diputado socialista por Murcia que no se resignaba a admitir insinuaciones sin consistencia o, directamente, insultos directos a su persona o al Gobierno por una fuerza política profundamente reaccionaria incapaz de asumir una derrota en unas elecciones limpias y que les contestaba, en justa reciprocidad, con dureza, pero sin llegar a la actitud altanera y crispadora de quienes le insultaban, un Ministro de Justicia que trató por todos los medios de corregir o, al menos, limar de manera considerable los vicios que aquejaban a un sistema judicial prácticamente decimonónico, el que se enfrentó a jueces que parecen creer que no tienen que rendir cuentas a la sociedad una vez han obtenido una plaza en la Judicatura.

Buena parte de los dirigentes del Partido Popular están exultantes con la noticia. No han valorado la dignidad de Bermejo o que el Gobierno haya cedido finalmente. Lo han restregado por la cara de los socialistas que han tomado la decisión, lo han considerado un triunfo aplastante, una victoria sin paliativos de ”ellos” contra los “otros”, más propio de una sangrienta batalla que de un debate político. La estrechez de miras de la derecha hoy por hoy es, sin duda, un escollo para hacer llegar un mensaje progresista a una gran parte de la población. No nos engañemos, el discurso bronco y simplista es más impactante y de mayor calado. Sin embargo, esos réditos políticos no duran. El proceso judicial continúa abierto y no tiene visos de qudarse estancado en el punto en el cual se encuentra ahora. Tiempo al tiempo. El PP ha perdido la excusa de la cacería para tapar el escándalo. Garzón puede inhibirse pero el caso pasará a instancias judiciales superiores…¿qué les queda?
Vaya desde aquí mi apoyo a Mariano Fernández Bermejo y la enhorabuena a Francisco Caamaño, nuevo titular de Justicia. A ambos les deseo la mejor de las suertes.