Una parte significativa de la opinión pública en los Estados Unidos ha comparado el duelo electoral entre Barack Obama y John McCain con una lucha generacional. Una visión de la política internacional en consonancia con el relativamente recién inaugurado siglo XXI frente a una perspectiva anclada en el siglo XX que, no hace mucho, hemos dejado atrás. En este contexto se dibuja ante el mundo una situación delicada y, a la vez, sorprendente: la política exterior de un país y sus aliados, el rumbo que la misma habría de tomar, nunca antes había estado tan condicionado por las corrientes ideológicas predominantes en un estado determinado.
En este sentido, creo que un triunfo del Partido Republicano podría contribuir seriamente al retorno del fantasma más temible que conoció el mundo en el siglo pasado: la Guerra Fría. Y es que iniciar un proceso de distensión con respecto a Rusia es primordial no ya para evitar un enfrentamiento bilateral EE.UU-Rusia con el resto de Europa en medio del conflicto, sino para evitar la formación de dos bloques antagónicos y, en consecuencia, un enfrentamiento de dimensiones planetarias aprovechando la inexistencia de cualquier tipo de arbitraje verdaderamente viable. Lo paradójico de todo ello es que, a mi entender, conforme se acentúe la polarización en el juego de alianzas, dicho proceso se verá alimentado a sí mismo, acelerándose. O lo que es lo mismo: el empeño por ubicar el conflicto con Rusia en un contexto de Guerra Fría producto de un resurgimiento de la Unión Soviética, puede contribuir a que la política de Moscú continúe por los mismos derroteros si la ciudadanía rusa, impregnada de un hondo sentimiento nacionalista, considera que está siendo cercada por la OTAN y, en última instancia, por EE.UU. La Administración Bush puede, a su vez, seguir amparándose en la política exterior agresiva rusa para justificar un endurecimiento de su postura y exigir a sus aliados que hagan lo propio.

Es evidente que la invasión de Georgia por las fuerzas rusas fue, a todas luces, desproporcionada y es necesario exigir a este país la retirada de sus tropas a las posiciones anteriores al 7 de agosto de este año, así como una severa crítica al reconocimiento de la independencia de Osetia del Sur y Abjazia de manera unilateral. Por otro lado, la comunidad internacional no puede mirar hacia otro lado ante las violaciones de los Derechos Humanos que se puedan estar produciendo en Rusia ya sea respecto a escenarios como Chechenia o en lo que se refiere al ejercicio de la libertad de expresión de manera completamente libre.
Por otra parte, el hecho de que Rusia practique una política agresiva con sus vecinos no es sinónimo de que ésta posea veleidades imperiales. El régimen soviético se derrumbó por completo a principios de la década de los noventa y no tiene posibilidad alguna, hoy por hoy, de renacer de sus cenizas. La Rusia actual no es aquella de hace quince años: existe un sistema de elecciones libres, separación de los tres poderes y el libre mercado ha hecho de lleno su aparición. Al verse a merced de los vaivenes del mercado como el resto de las naciones, ha hecho que la situación imperante en Rusia sea del todo irreversible, de tal manera que la aspiración a imponer un modelo económico, político y social completamente ajeno a Europa Occidental y con pretendida validez universal se antoje inconcebible. Puede que en la actualidad el Gobierno ruso posea rasgos autoritarios, pero no es el régimen totalitario de la extinta URSS. Siguiendo con este razonamiento, el estrechamiento de lazos por parte de Rusia con Venezuela o Cuba obedece a un estrategia diseñada ad hoc planeada desde Moscú con objeto de conseguir en Latinoamérica una presencia y un área de influencia similar a la que, según Putin y Medvédev, están logrando los Estados Unidos en Europa oriental.
Ante este estado de cosas, la Unión Europea debe tomar la iniciativa y llevar a cabo medidas activas, más allá de las meras declaraciones y posicionamientos oficiales. Éstas pasarían por ejercer la presión suficiente para que Rusia vuelva al anterior statu quo y exigir a Georgia reparaciones económicas a Osetia del Sur, en compensación por la invasión de esta región y la transgresión de lo dispuesto en el tratado de 1992. Es necesario también, desde mi punto de vista, acelerar el proceso de acercamiento a países como Ucrania y Georgia con vistas a un posible ingreso en la Unión en el futuro. Si lograran realizar el esfuerzo necesario para ponerse a la altura de los baremos marcados por la UE para sus miembros, sería factible un pacto en materia de defensa que incluyera un hipotético ingreso en la OTAN. Realizar este proceso a la inversa puede hacer que los países interesados descuiden otros campos de interés para su equiparación con los países de Europa occidental, además de suscitar unas mayores suspicacias con la vecina Rusia.
Como señalara el ministro de Asuntos Exteriores en una entrevista, concretando las directrices establecidas en Bruselas, es preciso poner todos los medios para evitar que se vuelva a imponer una agenda propia de la Guerra Fría, máxime cuando a día de hoy existen retos y problemas que afectan directamente a la UE: el aumento de la pobreza, la llamada feminización de la misma y sus consecuencias: el éxodo masivo de personas desde sus países de origen, el estancamiento de estos países ante la imposibilidad de trazar planes de desarrollo por medio de la inversión en ciencia y tecnología, el auge del terrorismo y de los fundamentalismos, el tráfico de personas, la explotación sexual de mujeres y niños, etcétera.














