
En los tres últimos días hemos podido leer varios análisis políticos y diversas declaraciones con motivo de la celebración del XVIII Congreso del Partido Comunista de España. He de decir que el desarrollo de este cónclave, como ciudadano, me ha dejado como estaba antes de celebrarse: sin tener claro a dónde quiere ir a parar el PCE y, por derivación, Izquierda Unida. Las declaraciones de dirigentes históricos, entrantes y salientes, son la viva imagen del materialismo dialéctico, con la diferencia de que, esta vez, de la tesis y la antítesis no ha surgido la síntesis, sino que se ha quedado con los dos primeros factores puestos en el mismo plano, dejando a los dos elementos conviviendo en alegre contradicción.
Trataré de explicarme un poco mejor: cada discurso dirigido a un auditorio, cada columna escrita en el periódico y cada comentario dirigido a los medios por parte de dirigentes comunistas españoles, exhiben un deseo de salir de la crisis y acercarse a la ciudadanía con medidas que, muy a su pesar, los acercan a la socialdemocracia escandinava, para pasar, acto seguido, a descartar cualquier entendimiento con otras fuerzas de izquierda tradicionalmente socialdemócratas y negarse a romper con el pasado más inmediato de los regímenes comunistas del siglo XX. Esta postura, al menos vista desde fuera, parece configurar el ADN de partidos comunistas europeos occidentales como pueda ser el español y es posible que esté detrás de la crisis política cada vez más acuciante en la que se han visto sumidos por la disminución de sus apoyos.
Esta tendencia afecta en toda Europa porque, para mejorar, conviene no engañarse: Die Linke -La Izquierda- en Alemania, se está beneficiando de la novedad y de la fuga de votos de un SPD que bien podría fundirse con la CDU de Angela Merkel. La mayor parte de votantes de Die Linke no se ha escorado más a la izquierda por obra y gracia de Lenin, sino que permanecen en el mismo espacio político y han cambiado el sentido de su voto por la necesidad de recuperar el programa e ideología basados en ese marxismo posibilista que en su día fue el Partido Socialdemócrata Alemán. Y, en España, hasta donde yo sé, la Ley Electoral que pretende modificar Izquierda Unida por favorecer la partitocracia y el bipartidismo -postura absolutamente comprensible y legítima- es la misma que se encontraba vigente en el año en el que la IU de Julio Anguita obtenía un resultado histórico, con 21 diputados en el Parlamento.
Todos los que han intervenido en el XVIII Congreso de un modo relevante, han subrayado la necesidad de control de los mercados, de una fiscalidad progresiva y realmente equitativa, que grave las rentas más altas. Todo ello sumado a las proposiones grandilocuentes de turno que hacen pensar que, desde fuera del escenario y sin enfrentarse a un público hostil, todo se ve mucho más fácil, como aquellas que sirven para criticar furiosamente al Gobierno por las “ayudas” otorgadas a las entidades bancarias que, al fin y al cabo, las han utilizado, según ellos, para enriquecerse y obtener unos beneficios por valor de unos 6.000 millones de euros este año. Puede que el mantenimiento de estas posiciones sean las que alejan a este tipo de formaciones de la ciudadanía. Las recetas más realistas a las que acabo de referirme se encuentran ya en el ADN de cualquier partido socialista o socialdemócrata europeo, con todos los “peros” y matices que se quieran. De hecho, la militancia de base de estos partidos está reaccionando contra las veleidades socioliberales de sus compañeros que ostentan mayor poder y un cargo público -habría que observar también si el pragmatismo en una Europa por completo derechizada obliga al PSOE, por ejemplo, a buscar eso que llaman el “centrismo” para no quedarse aislados- por lo que basar todo un programa político en una labor que ya hacen las bases de los partidos citados es trabajar dos veces y, por tanto, algo poco práctico. A esto habría que sumar esa tendencia acusada a, cuando parece que se ve una semejanza con las ideas más básicas del PSOE, pasar a hacer una declaración en la que se pide poco menos que la luna. Las ”ayudas” a los bancos son una patada desde el punto de vista ideológico a los postulados de la izquierda, lo reconozco, pero tampoco conviene perder de vista que, si una entidad financiera quiebra o decide suspender pagos quien se va a pique a continuación es la trabajadora/or que pierde automáticamente los ahorros de toda una vida y, en este sentido, creo que los intereses laborales son los que deben primar por encima de todo aun a costa de tragarnos nuestro orgullo en este caso.
A esta contradicción en lo práctico, habría que añadir que los objetivos no se corresponden con los métodos, al menos en el plano teórico. Es realmente llamativo afirmar que se poseen los medios y las ideas para proporcionar una alternativa radicalmente anticapitalista, de ruptura total con el actual modelo económico y político vigente, para pasar luego a participar del reformismo que es, a la fuerza, gradualista, pactista y posibilista. La postura internacional parece participar, igualmente, de una contradicción de índole parecida: el mismo Francisco Frutos, Secretario General saliente, manifestaba su negativa rotunda a celebrar la caída del Muro de Berlín porque no se pedía de forma clara y decidida, a su entender, la destrucción del muro con el que el Estado de Israel se ha dedicado a aislar a la Franja de Gaza; Cayo Lara llegó a decir que la dictadura castrista en Cuba es, simplemente, un régimen diferente de libertades cuando acudió, si mal no recuerdo, a visitar al Presidente de Palestina Mahmud Abbas, y, acto seguido, el mismo Frutos declara que no debería existir ningún tipo de muro entre seres humanos.
El determinismo economicista del que, a mi juicio, hace gala a día de hoy el PCE e IU, dejando de lado u obviando la defensa de los avances sociales y de los derechos civiles porque eso es algo que viene dado con una mayor igualdad económica, que va intrínseco en el propio desarrollo de una sociedad o que es algo más “socialdemócrata” como he llegado a escuchar a personas situadas ideológicamente en torno a IU en mi entorno más próximo, me hace preguntarme si se ha producido realmente una ruptura ideológica con los regímenes comunistas del mundo, que han creado más problemas de los que han solucionado, favoreciendo la instalación, a su caída, de regímenes de capitalismo salvaje y de rapiña, quizá porque los sistemas mal llamados del “socialismo real” no eran, en realidad, otra cosa que una forma de capitalismo de estado en la que un patrón único y un entramado empresarial monopolista -el Estado- explotaba por igual a una clase obrera y campesina empobrecida a la que, además, se le desposeyó de los derechos sindicales más básicos.
Hay quien puede preguntarme por qué me entrometo donde no me llaman, los de un lado o por qué tanto interés en una formación a punto de desaparecer del Congreso, por parte del otro lado, pero es que la actual situación política de IU y del PCE es una problemática que debería preocupar sin excepción a toda la izquierda europea y, en particular, a la española. Escenifica el callejón sin salida en el que parece encontrarse la izquierda en su conjunto, la cual debería presentarse como antídoto al neoliberalismo. Y, quizá, lo que es peor, da la sensación a la ciudadanía de que, hoy por hoy, no hay otra alternativa de izquierda posibilista realmente solvente, de tal manera que, quien no quiera PSOE, tendrá que soportar el regreso del PP, de la tenaza neoliberal y reaccionaria sin complejos, todo ello porque no hay una alternativa “rojiverde” realmente efectiva y clara en sus posicionamientos. Y es que, como militante socialista, me gustaría incidir durante las campañas electorales en el programa que defiendo y comparto, como cualquier otra formación política en una democracia madura, y no sólo en el peligro de la vuelta de una derecha no ya conservadora, sino reaccionaria.






