Últimamente he leído muy de pasada por falta de tiempo comentarios en diversos espacios de opinión tales como blogs y foros o You Tube, que existe un tipo de violencia ejercida por la mujer sobre el hombre, aludiendo especialmente a los casos en los que existe una relación afectiva entre ambos miembros de la pareja. La existencia de esto, argumentan algunos, es motivo suficiente para proclamar que las leyes no sirven para el hombre en estos casos y que la indefensión y discriminación jurídica y por derivación social es flagrante. Por ello, cuestionan la Ley de Igualdad y la Ley contra la Violencia de Género, precisamente porque acentuarían esa discriminación. Para quienes esto opinan la creación de un Ministerio de Igualdad no sería más que un organismo supremo de control represivo que seguirá discriminando a los hombres en esta materia, otros opinan que se trata, incluso, de una suerte de policía política para mantener al hombre sujeto a los dictados de diversos grupos de presion feministas.
Cuando leo esta clase de cosas, como historiador en ciernes que soy, me preocupo de algo fundamental: conocer la fuente, es decir, quién es el emisor de esos comentarios para así poder conocer mejor sus motivaciones, deseos, intenciones futuras, mentalidad, etc. Y he llegado a la conclusión de que quienes tales comentarios e ideas sostienen pertenecen a dos categorías bien diferenciadas: la primera, una serie de personas procedentes de entornos católicos, ultracatólicos o de medios contrarios al gobierno actual. El segundo grupo estaría formado por personas de talante progresista, que desean un mundo y una España plural de ciudadanas y ciudadanos iguales pero el ascenso imparable, la escalada en la consecución de derechos de las mujeres, la conquista de cotas de igualdad en un período muy corto de tiempo ha parecido sorprender a este segundo grupo despistado, sorprendido por la novedad. Por ello, no han replanteado sus posiciones, su identidad, su papel en esta sociedad de hombres y mujeres iguales, les ha faltado hacer una exhaustiva labor de autocrítica.
Tanto un grupo como otro tienen algo en común: están constituidos por hombres en su inmensa mayoría. Y tienen otro rasgo en común, aquello que impulsa su línea de pensamiento, posicionamiento en la sociedad y actitud frente a los movimientos en pro de la igualdad entre hombres y mujeres: el MIEDO. En el caso del primer grupo: miedo a que su autoridad secular -de la que son plenamente conscientes- se desmorone porque ya no encuentra legitimación; que aquellas que se han emancipado de su dominio “usurpen” poder económico y político que antes les estaba vedado y pertenecía en exclusiva a este primer grupo; miedo, a que la equiparación de derechos de más de la mitad de la población traiga consigo la legitimación de movimientos por el cambio que siempre han considerado despreciables. Los segundos, miedo a que nadie se acuerde de su “progresismo” una vez las mujeres se hayan liberado por completo porque creen que se les debe algo, que tienen derecho a ser premiados y tratados como seres excepcionales por su lucha o por haber “tolerado” de buen grado la consecución de derechos por parte de las mujeres; miedo, a que una vez las mujeres se hayan emancipado y/o ocupen posiciones destacadas les traten irrespetuosamente o sencillamente los ignoren por completo; miedo, a que su pareja -una mujer- con la que han decidido convivir libremente cambie y les haga la vida imposible apoyándose en nuevas leyes que, según ellos, sirven para desprotegerlos y satisfacer las supuestas ansias de venganza de su pareja ante una ruptura o ante las desavenencias que genera una mala convivencia.
Ante esto, sólo me queda daros unas aclaraciones y un consejo desde mi más modesta perspectiva:
-La supuesta violencia que puedan ejercer las mujeres contra los hombres es puramente circunstancial y totalmente minoritaria. No responde a ninguna causa sociológica o estructural sino a la conducta violenta de una determinada persona.
-En muchos de los casos que tantas veces se esgrimen como bandera para hablar de una violencia de algunas mujeres hacia los hombres se trata de personas con un historial de trastornos psíquicos o de problemas de alcoholismo o de toxicomanía. Si bien esto no exculpa a nadie, la diferencia con la violencia que ejercen muchos hombres contra las mujeres se debe, en este último caso, pura y llanamente, a la voluntad del hombre de imponer una actitud sumisa a la mujer y a la no acptación de la igualdad de derechos. La mayoría de las agresiones que se producen en el segundo caso se deben a patrones de conducta adquiridos en hombres que no presentan síntoma alguno de enfermedad psíquica o alcoholismo, en contra de lo que tantas veces se ha pensado.
-Quienes defienden la existencia de una “violencia de las mujeres hacia el hombre” de manera encubierta, simplemente está defendiendo una quimera que, la mayoria de las veces, bien por cobardia, ignorancia o por una actitud machista consciente pretende frenar la conquista de derechos por y para las mujeres, tratando de que se vuelva a una supuesta igualdad ante la ley que, al no cumplirse de facto, es como si nunca hubiera existido de iure.
-NO se puede hablar de violencia hacia los hombres sencillamente porque ésta no existe. Pueden existir casos puntuales pero nunca se trata de un comportamiento generalizado que la sociedad ha tendido a justificar, tolerar e incluso a defender a través del marco cultural en el que se desarrolla el individuo como síha ocurrido en el caso de la violencia machista, fruto de una sociedad profundamente desigualitaria a favor del hombre.
Por último sólo quisiera hacer un llamamiento a los hombres que pasen por aquí y se tomen la molestia de leer este post: no tengáis miedo, el miedo es origen de prejuicios y violencia. Tened en cuenta que una sociedad más justa es una sociedad que de verdad piensa por sí misma, una sociedad preparada para cualquier reto de futuro porque toma decisiones conjuntas y está preparada para afrontar y aprovechar los cambios. Es, además, una sociedad feliz, por lo que podrá desterrar la violencia y el odio de su seno y donde todos los individuos pueden relacionarse con el mero deseo de compartir, construir y disfrutar de la compañía de alguien de quien podemos aprender y cuyas capacidades y virtudes pueden complementarnos. Creo, sinceramente, que debemos hacer un esfuerzo por aparcar miedos y prejuicios porque no sólo las mujeres sino también los hombres tenemos mucho que ganar con la igualdad efectiva y real entre ambos sexos. Mucha más felicidad y bienestar que “atropellos”, como sugieren algunos. Estoy convencido de que merece la pena…